Empecemos, pues, con la serie “Narco Polos”.
En esta primera entrega incluyo un breve texto de presentación. Inevitablemente, en esta era de lo políticamente correcto hay que aclarar ciertos aspectos.
Breve texto de presentación, intentaré ser breve, más que nada porque me gustaría que alguien aguantara leyendo hasta el final. Es decir, la pretendida brevedad del texto de presentación viene marcada por el aguante que yo estimo que puede tener el lector medio y asimismo, por mi capacidad de contarlo de forma escueta.¿Fatigado?
Pues espera, porque todavía no he dicho nada, no he dicho ni una sola de las cosas que pululan por mi cabeza (hasta aquí una breve introducción del breve texto de presentación, ¿lo pillas?).
El mundo está regido por “leyes”. O al menos se pretende. A partir del cumplimiento o no de estas leyes (y de la interpretación que se haga de ellas) suceden cosas. Según sean las leyes ciertos productos cobran gran valor económico en el mercado. Y suceden cosas. Las leyes pueden ser buenas o malas, no quiero entrar en este aspecto. Tampoco pretendo hacer apología del narcotráfico o del consumo de drogas, ni quiero hablar de los estragos que provocan en millones de humanos, ni de la libertad de cada uno de meterse lo que quiera. Con la serie “Narco Polos”, amigos y amigas míos, quiero contar cosas que pasan; cosas que, simplemente, pasan. Cosas mundanas, de la vida, de la condición humana, incluso.
Los tipos que van a conformar la serie “Narco Polos” no son grandes traficantes, ni mafiosos, ni polis, ni políticos corruptos ni pájaros armados. No. Son tipos como tú y yo que un día, por cosas de la vida, se han visto metidos en esta espiral de vicio y dinero. Tipos que han sucumbido a una tentación fácil y peligrosa. Tentación de la que yo prefiero mantenerme alejado, al margen. Dinero fácil, cuantioso, rápido, que te puede solucionar un trozo de vida. O jodértela para siempre. Fin del breve texto de presentación.
Aquí va la historia del noruego loco.
Nos conocimos en la capital nepalina. Exactamente no recuerdo cómo se incorporó al grupo de gente que andábamos por allí. El grupo lo formábamos latinos, íberos. Nos habíamos conocido todos en Katmandú mismo. Llevábamos tiempo de viaje y Katmandú nos ofrecía mística, buen rollo, alcohol y drogas. Nos metíamos de todo, nos amábamos como hermanos, reíamos, hablábamos, flipábamos juntos. Para entonces estábamos convencidos de que estaríamos en contacto toda la vida, pero nunca más he vuelto a saber de todos ellos. Alguna vez volví a ver a alguno del grupo y...no. Era intentar revivir lo que habíamos sido juntos, un error.
El noruego se apuntaba a nuestras movidas, bebía con nosotros, charlaba con nosotros. Un día, tras un tiro de anfeta picada, levanté la cabeza y mis ojos se quedaron clavados en los suyos. Me incomodaba . Había algo en él que no me gustaba. Tenía el aura de los hombres que han vendido el alma, muertos en vida. Sonreía, malicioso, pero esa sonrisa ya no era suya. Ésa era la sonrisa de Satán.
Creo que se juntó con nosotros por el vicio. A nuestro alrededor era fácil encontrar vicio. El noruego andaba por las calles increpando a la gente, pidiendo dinero a los turistas y abusando de la buena fe de los nepalies. Ningún camello le fiaba. Un buen tendero nepalí le cedía un pequeño espacio en su negocio (una tiendecita de ésas donde se vende de todo) para que durmiera por las noches y vendiera batidos durante el día para, así, ganarse algunas rupias. Rupia a rupia iba juntando para un billete de avión. Un día le comenté que desde Delhi o Bombay encontraría billetes mucho más baratos que desde Katmandú. Respondió que no podía pisar suelo indio. No pregunté al respecto. Bajé la mirada y me metí otro tiro de anfeta picada. Volví a levantar la cabeza, volví a chocar con sus ojos, volví a sentir la presencia de Satán en la piel de ese hombre. Sentí frío en el cuerpo, pinchazos en el tabique de mi nariz. Temblor. Esa sonrisa violada...
De golpe Satán se esfumó.
Los otros que andaban por la habitación se fueron de fiesta y nos quedamos solos el noruego y yo. Y , como sabiendo él que Satán se había ausentado por unos momentos, empezó a contarme una historia. Rápido, vertiginoso, nervioso, derrotado. Charlaba y charlaba, sólo hacía pausas para dar caladas. Cabizbajo, ojos de ceniza. Parecía pedir clemencia mientras me contaba...
“Hace años anduve en la cárcel india. Pasé ahí dentro 7 años de mi vida. No puedo volver a la India, si me pillan me encierran de nuevo. Conozco la India de cabo a rabo, he estado más de media vida viniendo por aquí. Yo era un joven, así como tú. Me quería comer el mundo, trotar, cabalgar encima de mi libertad. Siempre me sentí poderoso, invencible. Capaz de todo. Pronto aprendí a ganar dinero, fácilmente. Al término de mis estancias por India me hacía con un par de kilos de haschish, los metía en la mochila, en la barriga, entre los pantalones, pegado a mi piel, donde fuese, y me lo llevaba a Europa. Allí lo colocaba y de nuevo tenía dinero para cabalgar encima de mi libertad. Así iba y venía.
En una ocasión me junté con un italiano, decidimos subir juntos a Manali y hacernos con una buena partida de charas. Era un socio cojonudo, me permitiría colocar el material en el mercado italiano y sacar muy buena ganancia, negocio redondo. Pasamos una semana en Manali durmiendo en casa del proveedor. Nos hicimos con 25 kilos, los bajaríamos a Delhi y desde allí los mandaríamos a Italia escondidos en un container que contenía alfombras y muebles rústicos. Todo estaba muy bien calculado. Metimos el material en nuestras mochilas y pillamos el bus dirección Delhi. Una noche de trayecto. Control de carretera, plena oscuridad, en medio de la nada. Ésa era la boca del lobo en la que me vi engullido. El italiano me despertó,“ ¡tío, tío, un control!” Susurraba nervioso a mi oreja. El material estaba donde el equipaje, en las bodegas del autocar. Yo sabía que el italiano esperaba un crío, iba a ser padre. Yo no esperaba nada ni nadie me esperaba a mí en Noruega. Le dije, “si preguntan cualquier cosa, el material es mío y sólo mío; vete a Italia, consigue dinero y vuelve a por mí”. Me esposaron. Vi como el autocar desaparecía. Empezaba mi infierno.
El primer año en la cárcel fue medianamente soportable. Soborné al director del centro penitenciario con dos anillos de oro y un reloj, todo lo que llevaba encima de valor. Tenía celda compartida, haschisch, tabaco y extras de comida. Pasado el primer año vino el horror. El director me pidió dinero y yo no pude dárselo, no lo tenía. Me trasladaron a una enorme sala llena de reos. Cada uno disponiendo de un metro cuadrado para dormir, pegados los unos a los otros. Un litro de agua y un bol de arroz al día. Las peleas eran constantes. Enfermé. Vomitaba a diario, tenía que dormir encima de mis vómitos, encima de los vómitos de otros reos, encima de las defecaciones de otros reos. Dos veces a la semana nos sacaban al patio y pegaban una manguerazo por la enorme sala. La embajada de mi país no hizo nada por mí, el delito estaba probado. El italiano no dio señales de vida, me abandonó. Yo sólo vivía para una cosa: salir de allí, ir a buscarle y matarle. Al tiempo aprendí a desenvolverme entre los indios, me gané el respeto de los presos que controlaban un poco el cotarro. Conseguí mantenerme cuerdo. A pesar de ello, intenté suicidarme en 3 ocasiones. Pasaron 7 años, salí de la cárcel y mi gobierno pagó el billete de avión de vuelta a Noruega.
Al cabo de un tiempo, en Noruega, fui encerrado en un centro psiquiátrico. Pasaba la mayor parte del día bajo los efectos de los sedantes que me suministraban por vía intravenosa. Intenté suicidarme en 2 ocasiones. Al tiempo, escapé del centro psiquiátrico y me fui a México. Allí empecé una nueva vida.
En Belice conseguí sacar adelante un pequeño negocio, un camping al lado de la playa. Pronto me convertí en el camello de la zona y podía conseguir cualquier sustancia a clientes que pagaban bien. Todo me iba de perlas, tenía dinero, mujeres guapas, estabilidad. Todo lejos de mi odiada tierra. Pasó el tiempo. Hasta que un día, en la terraza del camping se sentó un viejo conocido: el italiano. Habían pasado 12 años desde que lo vi alejarse en ese autocar indio. Se me revolvió la cabeza, me vinieron sudores, noté mi espalda en el suelo de la prisión india, los olores de los otros presos, las palizas que me propinaron, los muros manchados. Todo me vino de golpe. Me acerqué al italiano con mi mejor sonrisa, se le quedó cara de pasmo. Le dije” tranquilo, el pasado ,pasado está, y lo importante es que aquí estamos nosotros dos y el destino, ¿una cerveza?”. Dijo que sí. Fui al interior de la cocina, pillé dos cervezas. Las abrí. En una de ellas diluí 30 dosis de LSD. Salí fuera y brindé con el italiano, se bebió la cerveza de dos tragos. Antes que le hiciera efecto cogí mis cosas, le dije al chico que me ayudaba con el camping que se lo cedía todo. Y me fui al aeropuerto a pillar el primer avión que saliera hacia cualquier sitio del mundo que no fuera ni Noruega ni India ni Italia. Y aquí estoy desde hace 8 meses, en Nepal.”
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4 Comments:
..guau!
y esto sólo es la primera entrega
Joer, qué historia... ya estoy esperando la segunda entrega.
Guau, estoy pasmada... todo el tiempo se me venía a la cabeza la peli "María, llena eres de gracia".
Sin pecado concebida.
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